Llegamos al zoológico a las 9:30 am. La caminata de donde nos dejó el camión a la entrada es larga. Hay que cruzar una parte de Chapultepec y aunque es temprano ya hay gente caminando y otra más montando sus puestos. Los papás contentos de verse y con mucho que platicar (el super bowl estaba por llegar) se reunieron en grupitos de 2, 3 y hasta 4. Caminaban a un ritmo normal (para ellos) mientras los niños corrían detrás tratando de alcanzarlos.
Mi instinto me hizo empezar a relacionar qué niño venía con qué papá y a ubicar a aquellos señores más “despistados” (en mi mente estoy pensando en otra palabra), para echarle ojo a sus hijos.
No sé si estaba planeado así o fue el tan famoso “sexto sentido de la mujer” pero las féminas que iban por parte del colegio formaron una especie de cordón alrededor del grupo para tener más control.
Apenas entrar al zoológico está la zona del fast food.
“Mami, quiero algo de tomar y de comer”, me dijo Bach.
“Ahorita no mi amor, vamos a ver a los animales y luego te compro, ¿va?”
“¿Pero por qué mi amigo X ya está comiendo?”
Me quedé atónita, apenas llevábamos unos minutos ahí y un par de señores ya les habían comprado a sus hijos Icees!!!! No una hamburguesa, un hot dog, un jugo… NO! Un Icee!!!
Pero si son las 9 de la mañana, pensé, venimos llegando y…
En fin, tuve que hacer uso de la misma cantaleta de siempre, mientras mi hijo me volteaba los ojos, si yo ya estoy harta de la perorata ya me imagino él. Ni modo, esto es en lo que yo creo:
“Porque él es él y tú eres tú, cada quien es diferente y la familia de cada quien es diferente”, concluí.
Y ante el prospecto de una discusión que ya veía venir, lo distraje con la idea de ir a ver a los leones. El recorrido fue agradable, los animales cooperaron y salieron a lucirse enfrente de los niños, le rinoceronte blanco corrió por todos lados mientras nosotros lo perseguimos por afuera, el jaguar se dejó admirar por completo y el oso también. El león salió de su cueva y justo cuando Bach le tomó la foto, rugió. Todo iba de maravilla, hasta que volteé para encontrarme con un niñito trepado en la barda… de los leones!!! Y no, no se había subido solo, el papá lo estaba deteniendo… Para todos los que estén pensando que exagero… sí, me queda claro que si el niño se cae dentro del espacio de los felinos, no corre peligro pues están muy lejos y hay una zanja profundísima y muy ancha que los animales no pueden saltar. Pero con todo y todo me recorrió un escalofrío.
Cuando terminamos el paseo, nos acercamos al área de fast food para comprar algo de comer. Las mesas ocupadas estaban llenas de helados, papas fritas, refrescos y hamburguesas. Los niños comían todo al mismo tiempo con toda la conciencia de que esta era una oportunidad en un millón.
“¿Papi, puedo otro helado?”
“Sí, claro”.
“¿Pa, me compras otro refresco?”
“Ajá”.
“Buuuuua… se me cayeron mis papas, ¿vas por otras?”
“Claro, mi amor”.
No se escucharon llantos, ni berrinches, ni discursos. Todos están felices comiendo, comprando y sonriendo… salvo Bach.
“Lo siento mi cielo, ya sabes que es una cosa. Elegiste unas papas y ya está, no te voy a comprar un helado ahora, tú sabes las reglas”.
La caminata de regreso fue mortal. Los niños y los adultos estábamos cansadísimos, poco a poco los chiquillos empezaron a treparse en los hombros de sus padres. Y como si los niños tuvieran imán se les empezaron a pegar algodones de dulces, changuitos de peluche, diademas, arcos con flechas, pelotas, jueguitos de plástico… en fin cada puesto que quedó en el camino fue visitado por los integrantes de la excursión.
En la noche el Chai llamó a Bach para preguntarle cómo le había ido en la mañana en el zoológico conmigo y esto fue lo que le contestó:
“Papá, la próxima vez que tenga una actividad de papás en la escuela vas a venir, no puedes faltar, no hay manera, si tienes trabajo o alguna otra cosa, a ver qué haces… pero vienes conmigo sin falta”.