“Quiero dormir contigo” Cómo conseguí que durmiera sola en su cama

En mis divagues por la web y en pláticas con amigas, he visto a muchas mamás que no saben cómo hacer para que sus hijos duerman en sus camas; como mamá con una hija de más de 10 años me han pedido mi opinión al respecto, aunque la mía difiere de muchas porque puse todo mi empeño en que mi hija durmiera en su cama desde pequeñita.

“Oye pero qué mala eres”, “Es que no quiero abandonar a mi bebé”, fueron muchas las frases que escuché mientras pasaba por la agonía de mandar a mi bebé a su cuna, pero lo hacía porque no lográbamos descansar cuando dormía en nuestra cama: pateaba, se giraba, incluso varias veces anduve con los labios morados gracias a sus golpes, lo que hacía pensar a mis familiares que mi ex esposo me golpeaba.

Así que empezamos por buscar la cuna y colchon para su cuarto, decidimos pintar en color morado con verde y una hermosa cenefa de winnie pooh para que se sintiera en un lugar bello y acogedor. Además le pusimos sus cortinas y tapetes de foamy para que gateara y caminara. Pero… no fue suficiente; para que se quedara en su cama tuve que armarme de paciencia, leerle cuentos antes de dormir, cantarle canciones de cuna (yo, metalera de hueso colorado), dormirla a la misma hora, apagarle la luz de su cuarto, en fin.

Tengo que reconocer que mis papás nos ayudaron mucho con los gastos, que fueron bastantes, ellos nos regalaron nuestros colchones restonic, la cuna y las cortinas las hizo mi madre, por lo que la habitación de mi hija quedó muy linda; hasta la fecha conserva sus cortinas y su cama, ya que le regalaron una cuna, que se desarma y convierte en cama individual.

También tengo que reconocer que, a pesar de todos mis esfuerzos, mi hija de más de 10 años, que ya alcanzó mi estatura, aún sigue pasándose a mi cama los fines de semana y cuando me encuentra descuidada; otras noches me invita a dormir a su cama con el argumento de que es más calientita y cómoda que la mía. Igual confieso que el hábito de llevarla a dormir, platicar con ella y contarle historias (ya no cuentos), hablar sobre lo que nos pasó en el día o sobre nuestros sueños, no ha acabado, sigue siendo algo constante, al igual que su horario y rutina para dormir.

¿Qué si me arrepiento por haberla pasado a su cama desde pequeña? No, ella y yo merecíamos y merecemos descansar y ser seres independientes, pero con un amor que nos une aunque ya no exista la ansiedad de separación de la primera infancia. Cuando tengo que viajar por cuestiones de trabajo, o ella viaja para quedarse con su papá (vivimos en ciudades diferentes), me doy cuenta de que motivarla a ser independiente ha sido la mejor decisión para las dos.

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Los animales de la calle, ¿pueden ser amigos de nuestros hijos?

Caminar con mi hija hacia prácticamente cualquier lugar puede ser una odisea, desde que abrimos la puerta nos encontramos a un perrito callejero que nos sigue a donde vayamos (casi todos los días), nos espera afuera de tiendas y centros comerciales y nos acompaña en el camino de ida y vuelta hacia el colegio. Pero ese no es el único perro callejero que se lleva la atención y el cariño de mi hija: en casa tenemos dos gatos, más todos los perros, gatos y pájaros que encontremos en el camino, todos los animalitos que hacen brillar sus ojotes de capulín.

Tal vez el lector se pregunte ¿Cuál es la odisea o el problema con esto? Bueno, el problema es que hemos notado el profundo odio que existe hacia los animales de la calle. Traer con nosotras al perrito nos ha ocasionado disgustos, ya que gente que se topa con él, le ha aventado patadas, golpes en su cabeza, el famoso “sáquese perro”, y en ocasiones lo hemos encontrado cojeando, sin saber exactamente  lo que le pasó. Aclaro que no hemos adoptado al perrito “callejero” porque no es del todo de la calle, sus dueños lo dejan vagar a su suerte, así que duerme siempre en la calle y come lo que le damos los vecinos.

Incluso los compañeros de escuela de mi hija le han pegado al perro, así como los hijos de las vecinas, a quienes he escuchado decirles que no lo toquen: “está sucio”, “te va a morder”, “tiene pulgas”, “guácala”, son solo algunas de sus frases que fomentan el odio hacia los animales que en un principio llamaban su atención. Pero este odio no es más que miedo disfrazado, miedo que también mi hija tuvo después de haber sido arrastrada por un perro que solo quería jugar; ahora ella acaricia y llama a cuanto perro vea, aunque esto ocasiona que el animal nos siga y ella solo se sienta satisfecha después de darle comida y agua. Resulta chistoso que, en ocasiones nos hayan seguido perros de apariencia fina, piel suave, que parezcan de raza y a estos nadie los moleste, por el contrario, los acaricien o los ignoren en el mejor de los casos.

Mi labor al contarles esto es pedirles, suplicarles a los papás que temen a los animales que no transmitan su miedo a los animales, especialmente a los que viven en la calle, que viven en un sufrimiento  constante; aceptarlos, aprender a quererlos y dejarlos que nos quieran tiene más beneficios, les comparto unos que leí recientemente:

  • La convivencia de los niños con mascotas favorece su desarrollo y su sistema inmunológico: estos resultados apoyan la llamada “hipótesis de la suciedad” la cual dice que demasiada higiene a edades tempranas debilita el sistema inmunológico.
  • Los niños suelen preferir los perros y los gatos aunque también suelen gustarles los conejos domésticos, los canarios y los peces de colores.
  • La compañía de los animales hace que los niños crezcan más tranquilos y seguros de sí mismos.
  • Los niños que poseen mascota sufren menos estrés, realizan más actividad física y se sienten más felices.

Demos una oportunidad a los amiguitos de la calle, adoptarlos, darles agua o comida de vez en cuando llenará de satisfacción a nuestros hijos y los ayudará a tener mejores relaciones con los animales y con ellos mismos.

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Madre o mujer ¿realmente tengo que decidir?

Escrito por: Mariel Hernández Maldonado

Quienes me conocen y me conocieron desde muy joven se llevaron la mano a la boca cuando les dije que estaba embarazada. Todos por igual. Mi madre, hermanos, amigos, primos, abuelos, suegros, novio, todos se mostraron tan abrumados por la noticia que en cierto momento olvidé que yo había decidido seguir con mi embarazo y no ellos. Yo siempre pensaba que sería pésima madre ya que los niños siempre me resultaron un tanto incómodos y no porque fueran malos, sino porque nunca supe dejar de ser adulto para convivir con ellos.

Eso me dio un poco de ansiedad cuando me imaginaba con mi bebé, pensaba que notaría que me sentía incómoda e iba a llorar sin control, yo me iba a desesperar y las dos nos íbamos a sentar a llorar. Sí me paso, esa es la verdad, pero solamente una vez cuando el estrés de trabajar, cuidar la casa, a mi bebé y a una gatita moribunda fue más que yo.

Tengo la fortuna de estar casada con un maravilloso hombre que ha hecho de todos esos momentos algo más sencillo pues hace su parte de las labores hogareñas y paternales, lo que siempre me ha dado tiempo de desarrollarme profesionalmente, desde casa, en donde “estaría al pendiente de mi hija”.

Esa era la pugna más grande, la que tenía entre mis ganas de salir a la calle a conocer personas, a aprender nuevas cosas y quedarme a cuidar a mi hija, verla crecer, enseñarle todo lo que se y amarla “como se debe”. En ese tiempo yo pensaba que “como se debe” era estar pegada a casa, pendiente las 24 horas de ella aunque, sin darme cuenta, fuera demasiado trabajo para mi.

Recuerdo que mi esposo siempre me dijo que no importaba si le dedicaba mucho tiempo a mi hija si ese tiempo no era de calidad y me parecían palabras absurdas, me parecía que era algo que él decía para sentirse bien por solo llegar a dormirla, pero más pronto que tarde lo entendí cuando la carga de trabajo empezó a ser demasiada para que mi nivel de vida emocional fuera sana.

Empecé a aceptar más trabajos por el miedo de estar quedándome estancada, cada vez que mi esposo recibía un aumento yo buscaba la manera de “estar a su nivel” algo que de cierta manera considero positivo pues me ayudó a siempre estar en busca de estar un paso arriba, pero también acabó con mi tranquilidad. Si no sabes organizarte y quieres tener a tu hija al lado mientras trabajas empiezas a desgastar dos niveles de compromiso -porque el que a dos amos sirve, con uno queda mal- y pronto me di cuenta de que el amo al que yo le quedaba mal era mi hija.

Al llegar mi esposo en las noches, ellos jugaban, veían la tele, leían cuentos e iban al parque y yo siempre estaba ahí encerrada “no molestes a tu mamá porque está trabajando”. Se le dijo tanto a mi hija que después de un tiempo se lo decía ella sola o me lo decía a mi cuando quería convivir con ella en mis tiempos libres “no puedo, estoy trabajando” mientras fingía escribir en una computadora.

Después de darle vueltas, pensarlo, recapacitarlo, platicarlo, escribirlo, descifrarlo decidí que mientras más tranquila me sienta yo, mejor y más atención le pongo a mi pequeña, el estrés de saber que el lugar en el que mi familia descansa es el mismo en el que yo trabajo, no me dejaba estar en una sola cosa a la vez y definitivamente dejar de trabajar para mi no era una opción, no en ese momento.

Aprendí que al ser madre es de ley ser también mujer, no se pueden dejar del lado porque una complementa a la otra y como todo, cuando le falta una pieza, no funciona bien, se trata de completar ciclos. No se trataba de que mi hija me viera atascada de trabajo para considerar que me estaba superando, se trataba de que me viera feliz.

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¿Hijos con o sin tecnología? Esa es la cuestión

Escrito por: Mariel Hernández Maldonado

Bueno, empiezo el texto con una confesión: siempre me dí a la tarea de juzgar a aquellos padres que teniendo a sus hijos los sentaban por horas frente a la televisión o les prestaban sus celulares para entretenerse; alguna vez me encontré a una pareja oriental en un parque de diversiones con su hijo de algunos meses de nacido y un celular casi engarzado a su cara, lo que me pareció repugnante y reprobable.

Más tarde me embaracé y desde que fue un pequeño feto le prometí a mi hija no ser de aquellos padres que solo la avientan a una esquina con un aparato para poder seguir su vida sin tener que ponerle atención al bebé que se alimenta de celulares y televisión, cada día nos lo prometía a las dos. Nació obviamente rodeada de aquella tecnología a la que yo tanto le temía: fotos con celulares (eso sí, sin flash), musiquita con celulares, videos chistosos con celulares, juegos con tabletas, programas “educativos” en tabletas, mamá y papá trabajando con lap tops, era como si realmente fuera imposible separarla un poco de aquel cáncer.

Pasaron los meses y mi esfuerzo por mantenerla alejada de los celulares se venía abajo cuando llegaba la familia que, por ser la primera bebé de los primos, le prestaban todo lo que quisiera para que lo usara como quisiera, pero me topé con la barda de la verdad cuando un día tuve que trabajar antes de que llegara alguien que pudiera cuidarmela, ahí fue cuando me detuve en seco: ¿Era realmente tan mala la tecnología?

Claro que era a conveniencia, pues ya antes había intentado trabajar con mi hija “divirtiéndose” sin la tecnología y sí, se ponía bastante creativa con mis labiales, mi talco, la sal, el azúcar, el cereal, las plantas, la comida de los perros… en fin, todo lo que encontraba era una nueva oportunidad de juego y para mí una multiplicación de labores.

Ese día le presté mi celular con un juego de sonidos de animales. Me sentí como si la estuviese condenando a una vida de vicios y torturas sin fin pero me curaba de culpas pensando que lo necesitaba. Pues mi sorpresa fue mayor al descubrir que después de cierto tiempo, por sí misma aventó el celular y prefirió jugar con otras cosas, obviamente me sentí muy orgullosa de MI hija y después comprobé que son raros los niños chiquitos que se enajenan con los celulares así que pensé ¿Valió la pena ponerme tan paranóica? Al final de cuentas, ellos también pueden hartarse de nuestros aparatos.

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El día que decidí adoptar un niño

Cuando conocí a mi esposo éramos la pareja ideal a decir de quienes nos conocían; nos llevábamos muy bien, teníamos muchas cosas en común, pero más importante, diferíamos en cosas fundamentales que nos ayudaban a mantener las discusiones vivas, a argumentar y de cierta manera, a intentar conocernos día a día. Una de las cosas en las que no estábamos de acuerdo era en la adopción, él estaba de acuerdo en adoptar y yo no, me parecía raro, antinatural y falso, pensaba que eso solo pasaba en las películas.

Nos casamos y conforme fue pasando el tiempo la inevitable plática sobre hacer familia surgió; los dos estuvimos de acuerdo en empezar a tener hijos lo antes posible para que pudiésemos ir creciendo juntos como una familia. Intentábamos e intentábamos y no lográbamos el embarazo así que empezamos a preocuparnos y fuimos al médico; llegamos a la conclusión de que yo no podía tener hijos, cosa que supongo que no necesito relatar cómo me hizo sentir.

Durante un tiempo mi esposo y yo tuvimos muchos problemas por lo mismo, pues en mi desesperación y depresión lo incité a irse de mi lado y encontrar a una mujer que sí pudiera darle familia pero el nunca aceptó, siempre me dijo que si no era conmigo, no quería hacer familia con nadie. Entonces salió de nuevo la discusión: adoptar o no adoptar.

A sabiendas de que yo no podía quedar embarazada empecé a considerar cada vez más la idea de adoptar a un pobre chico de un orfanato; al final nos convencimos y empezamos el trámite.

No voy a mentir: el proceso es largo. Son cientos de visitas, cientos de papeles, mucho tiempo de espera, cursos de idoneidad y pruebas de confianza para finalmente dar el paso final: ser aceptados y mandar la solicitud a los diferentes orfanatos.

Cierto es que yo pensaba que era una especie de compra de supermercado en donde podría ir a ver a los niños y escoger aquel con el que mejor me llevara, pero por cuestiones que desconozco, pero intuyo, ese proceso se hace por parte del personal del orfanato, personal que nos conoce a nosotros y a los niños por igual.

Mi hijo nació en Rusia, en un lugar llamado Magnitogorsk en noviembre de 2004, nunca pensé llegar a verlo pero un año y medio después llegó; evidentemente no se lo que se sienta dar a luz, pero el momento en que lo abracé por primera vez, supe que ése era mi hijo. Tuvimos que viajar a Rusia dos veces para completar los juicios de adopción, finalmente nos hicieron la cita para ir por el al orfanato, todo fue alegría para mi esposo y para mi.

Hoy en día no se cuál sea la diferencia entre un hijo de entrañas y uno adoptado, pero se que por mi pequeño daría la vida sin pensarlo.

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El día que mi hija se enfermó de conjuntivitis

Escrito por: Mariel Hernández Maldonado

Esto, más que un recetario es el relato de mi experiencia como madre cuando tuve la desdicha de ver a mi hija invadida por la enfermedad físicamente más fea que (afortunadamente) me había tocado combatir: la conjuntivitis. Nunca he sido una madre miedosa, más bien soy de aquellas señoras que invita a su hija a experimentar nuevas cosas, arrastrarse, sentarse en el piso, aventarse por la resbaladilla más alta sin tener miedo de caerse o lastimarse; algunas personas me lo han felicitado, otras me lo han reprochado dictando sentencias del tipo “tu hija va a ser una machorra” a lo que siempre he replicado: “machorra o no, mientras sea feliz está bien”.

Uno de esos días en que teníamos la creatividad a flor de piel decidimos ir a un parque en donde hay muchas lomitas de pasto por la que le encanta resbalarse y rodar, y a mi como toda madre enajenada con la sonrisa de su hija, me encanta ver como de algo tan sencillo saca horas y horas de emoción y diversión. Ahí estábamos, dando vueltas las dos como osos panda alocados, jugando con el tepetate que hace los caminos entre el pasto, todo era muy divertido, ella se la estaba pasando bien.

Vivimos en la ciudad así que hay veces que la contaminación es muy fuerte y recomiendan no salir, tristemente ese día no escuché las noticias en donde aconsejaron no salir y de salir no tocarse los ojos con las manos, pues la contaminación del aire era muy elevada. No se si fue eso o la tierra del tepetate, pero a los dos días mi hija amaneció con los ojitos totalmente cerrados por la temida lagaña verde de la conjuntivitis.

La desesperación de mi hija por no poder abrir los ojos y mi esposo y yo sin saber qué pasaba volvieron el momento como una escena de película de terror, por lo que entramos en pánico y la llevamos de urgencia al doctor, claro, después de limpiarle los ojos con manzanilla para que pudiese abrirlos.

Claro: conjuntivitis, apliquen estas gotas cada 8 horas, estas medicinas para la tos que por supuesto se agrega a la lista de culpabilidades y vaya a casa con mi mirada de desapruebo a cuestas.

No hubo un día en que mi hija se despertase con los ojos tapados en el que yo no me sintiera miserable, pensé que era mi culpa, que a las niñas tal vez efectivamente no se les trata así, que seguramente sí deben estar sentaditas y muy bien portadas todo el tiempo, aventar tierra no es propio de señoritas y menos deslizarse por veredas. Me sentía apenada no quería contarle a nadie hasta que en una fiesta salió el tema.

Mi alivio fue infinito cuando todas las mamás de la sala me contaron su experiencia con la conjuntivitis infantil. Unas en la escuela los contagiaron, a otros ellas mismas o sus parejas los contagiaron, otras ni siquiera sabían por qué, solo supieron que la tuvieron, fue entonces que me di cuenta que no podemos evitarles todas las enfermedades del mundo a nuestros hijos y mientras les estemos dando atención, cariño y respeto, ellos sobrellevan las enfermedades, claro, con la ayuda de nuestro cuidado y alguno que otro fármaco.

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“Ser madre es una bendición”

Cuando estaba embarazada todos me decían “Ser madre es una bendición”, “Nada se compara con el amor de una madre” y es que atravesé por el embarazo cuando aún era muy joven y fui una mala embarazada, no me imaginaba cargando a mi bebé… nunca había cargado un bebé y mi instinto maternal aún estaba dormido.

Hace unos días mi pequeña hija cumplió 10 años y mi mente se llenó de recuerdos. 2,800 gramos, niña, 49 centímetros de largo, adiós a tus ilusiones y tus horas de sueño, te presentamos a tu nueva responsabilidad. Recuerdo nuestra primera noche juntas y sin la bondadosa intervención de las enfermeras, aún adolorida por una cesárea de emergencia me levanté de la cama, vi su pequeña cara: ella lloró y yo lloré, no sabía qué hacer. Y es que aunque habíamos pasado juntas varios meses, éramos desconocidas, nuestras noches infernales.

Mirarme al espejo era otra historia, cuerpo de “Sid” el perezoso de la famosa película para niños, sólo era una sombra de lo que tan sólo un año antes había sido. Los comentarios de mi entonces suegra agriaban aún más mi ya tempestuoso carácter, se burlaba de mi nuevo cuerpo, me arrebataba a mi bebé (que de por sí me hacía sufrir porque no podía hacer que dejara de llorar), me daba sus sabios consejos para ser tan perfecta como ella cree que lo es. Estaba al borde de la locura.

Pero un buen día todo cambió, mi pequeña bebé se acostumbró a que yo era su madre; dejó de llorar por las noches y la vida nos sonreía por las mañanas. La amaba (aún la amo, evidentemente) demasiado, pero a veces no la soportaba, y ella a mí, pero empezamos a aceptarnos mutuamente: imperfectas, nerviosas, enojonas, siendo tan parecidas y tan diferentes al mismo tiempo.

Superamos las etapas de berrinches, aprender a controlar los esfínteres, la de enseñarle a pronunciar y repetir palabras, empezamos a entendernos, a dejar los gritos y pequeñas nalgadas por conversaciones. Hoy platicamos como verdaderas amigas, vamos juntas de paseo y escuchamos la misma música, somos confidentes que pueden hablar entre risas, hoy doy gracias a la vida por haberme dado la hija que tengo.

Aunque sinceramente, aún hay veces en que no la soporto y doy gracias a la escuela por tenerla ocupada durante 5 horas, de lo contrario me volvería loca.

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Mi vida de pesadilla al lado del acné

Como muchos adolescentes yo no pude librarme de la maldición del acné, lo peor es que empezó a aparecer de la noche a la mañana, incluso cuando yo no tenía de bien a bien la noción de lo que era este terrible padecimiento que no es menos grave de lo que quienes lo tuvimos podemos relatar. Como siempre, las personas cuando te ven se les viene a la mente aquel tratamiento para el acne que el hijo de su amigo hizo y le sentó de maravilla, pero por alguna razón a ti no te hace nada.

Ya te imaginarás la cantidad de mascarillas, masajes y sustancias pegajosas y de olores horribles tuve embarradas en la cara durante horas esperando que cuando me las quitara mi cara regresara a ser aquella que fue antes del acné. Hasta que fui a una clinica dermatologica me aclararon que difícilmente un tratamiento tópico me iba a quitar el problema de raíz.

Todo empezó a los 13 años y por increíble que parezca, de un día para otro cuando me desperté tenía varios granillos en la cara, pensé que era una alergia o algo así porque antes de ese día nunca había tenido barros ni nada, era de las afortunadas de mi clase porque casi todos tenían unos granos enormes y muchos ya habían sido invadidos por el acné y yo pensé que me había salvado.

Lo más que hice fue cambiar todas mis sábanas, cobijas, las fundas de mis almohadas y lavé todas mis pijamas esperando que solo fuera algo pasajero, tristemente no fue así. Cada día que pasaba me llenaba más y más de granos, cada vez eran más, eran más grandes y no dejaban de salir sin importar lo que tomara, me embarrara o masajeara.

El dolor de los granos que salen sin parar en la cara solo es comparable con la vergüenza que se siente cuando sales a la calle con todos tus granos y las personas se te quedan viendo; nunca falta el niño que señala, las personas que no te quieren saludar, el pesado que te hace burla entre otros personajes que hacen de tu vida con acné una pesadilla, como si tenerlos y no poder ni pasarte una toallita húmeda por la cara no fuera suficiente.

Hoy gracias a que fui a la clínica de dermatología logré deshacerme de ellos con tratamientos completos de pastillas y pomadas, afortunadamente no me quedaron más que los malos recuerdos pues logré aguantar todos los años de acné sin arrancarlos de mi cara por tentador que fuera.

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El primer incidente de mi hija en su guardería

Escrito por: Mariel Hernández Maldonado

Siempre tuve pavor de llevar a mi hija a la escuela demasiado pronto y ser una mala madre que no pudiera saber cuando alguien estaba lastimando o molestándola, eso fue lo que me llevó a rechazar diferentes ofertas de trabajo, pues si bien pude haberlas tomado y dejar a mi hija horas extra en una estancia, mi tranquilidad no me lo permitió. La cuidé desde casa organizándome para trabajar en los ratos “libres” cuando mi esposo llegaba de trabajar. Obviamente siempre estaba estresada y agotada.

Todas las madres me decían que no tuviera tanto recato para dejarla en algún centro o estancia, pues eso es lo que se hace hoy en día con las mujeres que trabajan a la par de sus esposos o aquellas que no tienen otra opción más que trabajar para mantenerse, pero a mi realmente nunca me hizo sentir tranquila; se empezaban a confrontar mis ganas de superarme profesionalmente y mis ganas de ser la mejor madre que pudiera ser.

El ansiado día llegó en que mi hija supo hablar, decir cuando algo le gustaba o le desagradaba, todo fue muy bello pues no solamente ya podía platicar conmigo y decirme las cosas que quería o no quería hacer, sino que podía dejarla en una estancia confiando en que si alguien la maltrataba me lo diría; siempre se lo dejé muy claro “nadie puede pegarte ni gritarte” y ella lo entendió tan bien que ni siquiera yo podía gritarle sin que me reclamara que “estaba hablando enojada”.

Todo era miel sobre hojuelas, ella se iba a la escuela en la mañana y yo trabajaba, regresaba a la hora de la comida, pasábamos la tarde juntas y en la noche cuando llegaba mi esposo tenía un rato para trabajar un poco más antes de que se durmiera.

Pero claro, un día pasó lo que más temía. Mientras me preparaba para entrar a dar mi segunda clase me llamó mi mamá, que me hacía favor de recogerla para decírmelo: “mordieron a tu hija”.

Así como usted se imagina, me sentí yo. Estaba del otro lado de la ciudad, a 10 minutos de entrar a mi segunda clase, sin docente de remplazo y del otro lado de la línea mi hija diciéndome que le dolía el brazo porque un niño la mordió. Me sentí culpable, lloré, grité a la directora por teléfono, me alteré, llamé a mi esposo, me hice excusas en la cabeza para dejar la clase y correr a abrazar a mi bebé, me senté, me levanté, fui al baño, di tres vueltas y ya que me tranquilicé, entré a dar mi clase, salí y fui directamente hacia mi hija ya más tranquila.

Cuando llegué estaba dormida y al levantar su suéter lo vi: tres mordidas en su bracito que para mi vale más que cualquier piedra preciosa del mundo. La ira me volvió a atacar, pero entonces mi mamá me dijo algo que me tranquilizó: en la vida no voy a poder estar siempre ahí para defenderla de todos los peligros que se le acerquen y eso es bueno porque tiene que aprender a luchar su propias batallas y saber cómo defenderse de todo lo que le pueda pasar.

Hoy han pasado algunos meses desde que “el niño” la mordió y sus maestras me dicen siempre lo íntegra que es; no permite que nadie la jalonee, la empuje o le grite y cuando ve que sus compañeros se pelean entre ellos, siempre los separa. Aprendí que la ansiedad siempre va a estar ahí y lo mejor que puedo hacer por ella es enseñarle que va a pasar por muchas situaciones en la vida y tiene que saber cómo resolverlas sola.

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El día que le perdí el miedo a ser madre soltera

Conocí al padre de mis hijos cuando los dos estábamos estudiando, estábamos muy jóvenes y como todos los jóvenes estábamos llenos de ganas de experimentar cosas nuevas, pero siempre juntos. Éramos “la pareja goma” así nos decían por las gomas azules con rosa que vendían antes en las papelerías; él era la parte azul, yo la parte rosa.

Viajamos, fuimos de fiesta, a conferencias, velorios, cumpleaños, baby shower, titulaciones y conciertos juntos, todo lo que hacíamos los disfrutábamos tanto porque los dos queríamos hacerlo, todo juntos, nada nos obligaba, ninguna ley nos indicaba que teníamos que estar juntos, solo lo hacíamos y ya, era amor real. Yo siempre tuve miedo al matrimonio; toda mi familia, tíos, papás, hermanos mayores, se habían casado y terminado en separación, así que yo asumía que era un destino inevitable de los matrimonios, por eso evitaba casarme. El si quería, yo siempre me negaba.

Un día descubrimos que estábamos embarazados (así lo decíamos) y entre sorpresa y asombro decidimos tener a nuestro primer bebé, los dos trabajábamos y ya vivíamos juntos pero mi trabajo no me daba seguro de gastos médicos y el de él solamente me aseguraba si estaba casada con él. Valoramos la situación y pensamos que nos amábamos tanto que un papel no iba a interferir con nuestro amor, así que nos casamos.

Todo iba muy bien, el primer bebé fue un niño hermoso, muy sano y simpático, el segundo bebé fue una niña, muy tierna, todo iba bien con ellos, se llevaban muy bien, nuestros trabajos iban creciendo pero algo raro pasaba: él y yo ya no éramos los mismos. Un poco por los hijos, otro poco por el trabajo y otro por el matrimonio circunstancial nos fuimos alejando, no peleábamos mucho pero nos fuimos alejando, él en su trabajo y yo en el mío, llegó un punto en que el único punto de encuentro eran nuestros hijos.

Yo no me separaba, tenía miedo de ser madre soltera, tenía miedo de que mis hijos crecieran como yo, viendo a su papá solamente fines de semana o en fechas festivas, no quería que tuvieran mi destino pero las cosas con mi esposo estaban muertas.

Un día sanamente decidimos separarnos por la buena a pesar de mi miedo enorme de no poder ser suficiente para mis hijos, pero mi esposo era muy determinante y cuando él decía fin, era el fin. Varias veces quise arrepentirme y regresar pero él no lo permitió y al principio le tuve rencor, pero con el paso del tiempo me daba cuenta de lo gratificante que me resultaba ser madre para mis hijos sin necesitar de nadie más que de mi.

Poco a poco fui ganando tanta confianza en mí misma que incluso llegué a preguntarme cómo es que no fue así desde el principio; toda esa libertad y seguridad que se había escondido por tratar hasta lo imposible por hacer todo en pareja hoy brillaba como oro.

Mis dos hijos están excelente, comprenden que no tiene qué ver con ellos la separación y ven a su papá cuando quieren, yo por mi cuenta agradezco haberlo conocido porque me regaló lo más hermoso que tengo en el mundo.

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