Feliz día de las madres

Ayer fui a comer con cuatro maravillosas mujeres, que además de ser grandes amigas, son madres.
Al terminar el convivio, nos quejamos amargamente de este día. La ciudad es un desastre, los niños salen temprano del colegio, los maridos no trabajan, los restaurantes se atiborran, las flores suben de precio, en fin, todo resulta un caos. Continue reading

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Decencia

Señoras, yo entiendo que esto de ser mamá está muy ca… sin embargo las invito a repasar conmigo estas reglas de decencia y cordialidad, de ética, para acabar pronto. Cuando alguien pasa al lado suyo y las saluda, es recomendable regresar el saludo, con voz, no nada más moviendo la cabeza, manteniendo una expresión de horror en el rostro. Sé que algunas de ustedes están cansadas, agotadas, que viven y dedican sus días con sus noches a cuidar de personas que no nada más no lo agradecen, sino que hasta pueden reclamarle a Dios lo malas madres que somos (hecho verídico: la pulga hace unos días le reclamó a Dios por haberle mandado una madre como yo!).

PERO eso… no es culpa de nadie. Si sus maridos no las pelan o la gente les dice: “Ah, te dedicas a cuidar a tus hijos, o sea que no haces nada”. Si no tienes tiempo de entrar al baño o conversar por teléfono con tus cuatas por más de cinco minutos, repito, no es culpa de nadie. Un saludo es un saludo, y si no nos apapachamos entre nosotras entonces ¿qué nos queda?

Escena real: llego al karate con Bach, tarde como siempre porque a mi hijo todo le asombra, entonces camina, se viste, come, y se mueve en general a un paso extra-súper-increíblemente lento.

Entrando a la clase digo: “buenas tardes” y la única señora sentada ahí, no me responde, pero como yo vengo a mil, ni cuenta me doy. Bach se quita los tennis con parsimonia, luego los calcetines, y acomoda cada uno dentro del zapato correspondiente, para colocarlos de manera muy pausada en los compartimentos. Cuando logra entrar, lo observo unos minutos, luego me dispongo a llevar a la pulga a su clase. Al salir digo: “hasta luego”, y la ñora no me contesta!!! Salí enojadísima.

En mi mente lo que pasó fue lo siguiente: al salir me despido, no obtengo respuesta y pregunto: “¿hablas español?” a lo que responde: “sí, ¿por?” “pues porque no contestaste, así que pensé que eras extranjera, o algo así”.

¿Para qué pierdes energía en esto? Me dijo la pequeña parte sana que vive dentro de mí.

Porque alguien tiene que levantar la voz y decirles a estas señoras que no está bien pararse en cuarta fila para recoger a sus hijos. Que no se vale generar tráfico con el pretexto de “los niños”. Que nadie las obligó a meterse en este lío, y lo más importante, que sus hijos aprenden las conductas de ustedes. ¿Cómo pretenden que los chamacos sean educados y respeten al ajeno, cuando ustedes no practican lo que comulgan?

Sé que este no es un blog moralista (en lo más mínimo) pero de pronto alguien tiene que abrir la boca, ¡ah! y otra más: pongan su direccional y vayan a un mismo salón a hacerse todo, no vayan a uno al manicure, a otro a depilarse, y a otro a cortarse el pelo, si no por otra cosa, por ecología.

¡Buenos días tengan todas!

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Para la tocaya…

Todos tenemos un placer culpable, mis nuevas adquisiciones son Taio Cruz y Swedish House Mafia, en cuanto a música se refiere… pero no nos hagamos… también tenemos TODOS sin excepción, actitudes culpables respecto a nuestros hijos. Y para los que están haciendo cara de ¿qué? ¿de qué habla ésta? Les explico con más detalle: Siempre hay algo que nos avergüenza que hacemos con los chamacos. En mi caso la más reciente, que no por reciente única, es que la Pulga se pase a mi cama en las noches.
Cuando Bach dejó la cuna eran veladas eternas de discusiones y de acompañarlo a su cuarto hasta dormirlo, de hacerle carteles que decían: “Prohibida la entrada a monstruos y animales” y colgarlos en la puerta de su recámara. En fin, eran batallas constantes, ojeras y malos humores diurnos. Pero el objetivo se logró. Para los cuatro años (¡dios mío! cuatro años…) el niño ya dormía pacíficamente, casi todas las noches, en su cama.
Con la Pulga fue muy fácil, llegaron a ser pocos los incidentes de terror como los que vivimos con Bach.
Sin embargo, con el paso de los años fui desaprendiendo la información que tatué durante tanto tiempo con tanto ahínco, y coincidentalmente “olvidé” las razones por las cuales era tan importante no dejar que los niños duerman en la cama de los padres.
Hasta… ¡hoy! Que me encontré a una amiga que tenía mucho de no ver. Es sicóloga no practicante (por el momento), y en un arranque, que se me sube la cafeína y le cuento mi “acción culpable”.
“Tocaya, tú ya sabes que yo a ti no te miento…”
Y que me avienta el rollo que tenía yo guardado muy adentro en las entrañas, y me recuerda por qué luche tanto para que Bach lograra independencia de cama.
Y ahora tengo que lidiar con la conciencia de saber lo que debo de hacer y lo que no quiero hacer… ¡Por flojera!
Eso me pasa por tener amigas inteligentes y honestas, a ver en este que es el mes del “amor y la amistad” me consigo nuevas cuatas que me den palmaditas en la espalda y no me digan nada cuando ven que estoy haciéndome pende…

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Zoológico parte II

Llegamos al zoológico a las 9:30 am. La caminata de donde nos dejó el camión a la entrada es larga. Hay que cruzar una parte de Chapultepec y aunque es temprano ya hay gente caminando y otra más montando sus puestos. Los papás contentos de verse y con mucho que platicar (el super bowl estaba por llegar) se reunieron en grupitos de 2, 3 y hasta 4. Caminaban a un ritmo normal (para ellos) mientras los niños corrían detrás tratando de alcanzarlos.

Mi instinto me hizo empezar a relacionar qué niño venía con qué papá y a ubicar a aquellos señores más “despistados” (en mi mente estoy pensando en otra palabra), para echarle ojo a sus hijos.

No sé si estaba planeado así o fue el tan famoso “sexto sentido de la mujer” pero las féminas que iban por parte del colegio formaron una especie de cordón alrededor del grupo para tener más control.

Apenas entrar al zoológico está la zona del fast food.
“Mami, quiero algo de tomar y de comer”, me dijo Bach.
“Ahorita no mi amor, vamos a ver a los animales y luego te compro, ¿va?”
“¿Pero por qué mi amigo X ya está comiendo?”

Me quedé atónita, apenas llevábamos unos minutos ahí y un par de señores ya les habían comprado a sus hijos Icees!!!! No una hamburguesa, un hot dog, un jugo… NO! Un Icee!!!

Pero si son las 9 de la mañana, pensé, venimos llegando y…

En fin, tuve que hacer uso de la misma cantaleta de siempre, mientras mi hijo me volteaba los ojos, si yo ya estoy harta de la perorata ya me imagino él. Ni modo, esto es en lo que yo creo:
“Porque él es él y tú eres tú, cada quien es diferente y la familia de cada quien es diferente”, concluí.

Y ante el prospecto de una discusión que ya veía venir, lo distraje con la idea de ir a ver a los leones. El recorrido fue agradable, los animales cooperaron y salieron a lucirse enfrente de los niños, le rinoceronte blanco corrió por todos lados mientras nosotros lo perseguimos por afuera, el jaguar se dejó admirar por completo y el oso también. El león salió de su cueva y justo cuando Bach le tomó la foto, rugió. Todo iba de maravilla, hasta que volteé para encontrarme con un niñito trepado en la barda… de los leones!!! Y no, no se había subido solo, el papá lo estaba deteniendo… Para todos los que estén pensando que exagero… sí, me queda claro que si el niño se cae dentro del espacio de los felinos, no corre peligro pues están muy lejos y hay una zanja profundísima y muy ancha que los animales no pueden saltar. Pero con todo y todo me recorrió un escalofrío.

Cuando terminamos el paseo, nos acercamos al área de fast food para comprar algo de comer. Las mesas ocupadas estaban llenas de helados, papas fritas, refrescos y hamburguesas. Los niños comían todo al mismo tiempo con toda la conciencia de que esta era una oportunidad en un millón.
“¿Papi, puedo otro helado?”
“Sí, claro”.
“¿Pa, me compras otro refresco?”
“Ajá”.
“Buuuuua… se me cayeron mis papas, ¿vas por otras?”
“Claro, mi amor”.

No se escucharon llantos, ni berrinches, ni discursos. Todos están felices comiendo, comprando y sonriendo… salvo Bach.
“Lo siento mi cielo, ya sabes que es una cosa. Elegiste unas papas y ya está, no te voy a comprar un helado ahora, tú sabes las reglas”.

La caminata de regreso fue mortal. Los niños y los adultos estábamos cansadísimos, poco a poco los chiquillos empezaron a treparse en los hombros de sus padres. Y como si los niños tuvieran imán se les empezaron a pegar algodones de dulces, changuitos de peluche, diademas, arcos con flechas, pelotas, jueguitos de plástico… en fin cada puesto que quedó en el camino fue visitado por los integrantes de la excursión.

En la noche el Chai llamó a Bach para preguntarle cómo le había ido en la mañana en el zoológico conmigo y esto fue lo que le contestó:
“Papá, la próxima vez que tenga una actividad de papás en la escuela vas a venir, no puedes faltar, no hay manera, si tienes trabajo o alguna otra cosa, a ver qué haces… pero vienes conmigo sin falta”.

 

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Zoológico Parte I

La semana pasada la escuela de Bach organizó una salida al zoológico con los papás. Desgraciadamente para mi hijo, pero sobre todo para mí, el Chai se tuvo que ir de viaje de negocios, así que me tocó a mí la aventura. Todo comenzó muy bien, los papás muy puntuales y con el uniforme perfecto: jeans y playera roja. Cuando leí la nota, me pareció exagerado el color; sin embargo al terminar del día, le sugerí a la maestra que para la siguiente salida, utilizaran algún color neón y colgaran cascabeles en los tobillos de los niños y de sus padres.

En la escuela algunos señores cargaban grandes mochilas empacadas por sus esposas, otros pululaban con las manos vacías…no traían nada, ni agua, ni un suéter extra, nada, lo que es nada. No pude evitar el cuestionamiento: ¿Y si el niño tiene sed? ¿No trae bloqueador para el sol? ¿Me pregunto si la esposa habrá peleado con él para que se lleve algún tipo de snak? ¿Antibacterial? ¿Gorro para el sol? ¿Toallitas húmedas?

Era una mañana congelada; las personas (que no me conocen muy bien =) ) dicen que soy exagerada, pero esta ocasión no fue el caso, ¿recuerdan el frío que hizo la semana pasada?

La cita en el colegio fue a las 8 de la mañana, revisé el termómetro del carro y marcaba 7 grados centígrados. Me estacioné y bajamos, no sin antes asegurarme de que el suéter y el chaleco cubrieran bien a mi niño. Cuando llegamos al punto de reunión, escuché que un chiquitín le preguntaba a su padre:

“Papi, tengo calor, ¿me puedo quitar la chamarra?”

“Ajá”, contestó el papá… what??? Pensé, este tipo está loco, estamos a 7 grados… a este niño le va a dar pulmonía. Bach repitió la pregunta que había hecho su amigo, a lo que yo contesté con un rotundo NOOOOOOOO. Pero ¿por qué Juan sí mamá?, preguntó. Porque Juan es Juan y tú eres tú y a ti te tocó una mamá que no te deja quitarte la chamarra cuando está a punto de nevar, contesté sonoramente para ver si el progenitor de Juan me escuchaba.

Cuando nos dirigíamos al camión, me sentí nerviosa, quería ser de las primeras en subir para sentarme hasta adelante, si no, el mareo, las nauseas; pero no lo logré. Úchale pensé, ya estuvo que me voy a sentir fatal. Cuál fue mi sorpresa, al subir al autobús y encontrar toda la testosterona arremolinada en las últimas filas. Fiu, pensé, y sonreí aliviada, olvidé que son hombres…

El camino fue eterno, el tráfico era insoportable. La maestra se la pasó controlando que los niños no se pararan, que se sentaran bien y que ajustaran su cinturón, como si vinieran sentados con sus cuates y no con sus padres. Claro está que los señores no se sintieron agredidos, ni frustrados, ni avergonzados de que la miss les llamara la atención a los niños, a SUS niños que estaban sentados JUNTO a ellos.

En este momento del relato iba a hacer un resumen del resto del día, pero creo que vale la pena contar los pormenores de la travesía. Así que los dejaré con esta parte de la información, y la siguiente semana seguiré, espero que sea una odisea que pueda concluir en dos actos.

Por lo pronto les ofrezco a las mamás un alentador dicho de mi abuela: “Ojos que no ven, corazón que no siente”.

También las tranquilizo con la noción de que iban mujeres (maestras, prefectas y algunas mamás coladas por ahí, como yo) todas secretamente vigilando, quiero decir ayudando, a los hombres a ejercer su paternidad.

 

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Hay de princesas a princesas…

Los cuentos de princesas no me gustan. Me parece denigrante para la mujer y un movimiento inteligente por parte de los hombres. Las mujeres en la casa viéndose bonitas, sonriendo (¿a poco no parece que todas las princesas están en prozac?), y encargándose de vivir felices “para siempre”.

Cuando la Pulga nació, intenté evitarle esas cursilerías y alejarla de ese, un tan temido cliché para mí… sin embargo… cuando tenía 10 meses, fuimos al Costco y en el pasillo de los shampoos estaban los de las princesas. Las chicas posaban en variados colores y rasgos, pero eso sí todas con la misma talla, el mismo corte de vestido y la misma sonrisa pasmada.

La Pulga empezó a gritar y a retorcerse en el carrito, hacía ademanes con las manos y lloraba. Le pasé de todo pero nada la calmaba. Al paso de unos minutos me percaté de que estaba señalando a las princesas. Me reí y pensé: “¡¿Te cae?!” Traté de pasarle shampoos de otros personajes de Disney pero nada funcionó, eran las princesas o nada.

Y como era de esperarse, a mí que no me ponen rosa a menos que no me explote un bombón de fresa encima, la niña fue creciendo y con ella su capacidad de cursilería. Adora las princesas y en su closet predominan los artículos de tul, encaje, olanes y etc.

Para salir a la calle se cuelga collares, aretes, anillos, bolsas con diamantina y diademas. Mientras más brillen los accesorios, mejor.

Yo ya no peleo con ella, la dejo ser, y desde hace mucho tiempo, ya no me meto.

El otro día me preguntó:

“¿Mami, a ti te gustan las princesas?”

Me dije a mí misma que si le decía que no, tendría que explicar y, ¿qué le diría? Mira Pulga, yo no creo que las mujeres estemos esperando ser rescatadas por un príncipe, ni queramos todas parecer Barbies bulímicas (cuando le compré a la Pulga su piñata de Rapunzel, la cintura era tan estrecha que cupieron 15 dulces en la piñata, no pudimos meter nada más en el alargado y anoréxico cuerpo de la princesa). Siguiendo con la historia, opté por decirle la verdad.

“Algunas, contesté, me gusta Merida porque ella quiere seguir sus sueños, y recorrer el mundo y no se quiere casar joven, no es lo que está pensando. También me gusta Fionna porque tiene carácter y es un ogro, es diferente. ¿Sabes?, las mujeres somos diversas, y todas bonitas de alguna manera. Me gusta Mulán, porque es guerrera, las mujeres somos fuertes y…”, mi monólogo siguió por varios minutos más mientras la Pulga me miraba interesada, realmente prestando atención; pensé: “¡Eso es! La Pulga ya está entendiendo las cosas importantes de la vida, que comprenda que lo que le espera, está lleno de sorpresas y aventuras y que no todo gira en torno a la elección de un macho alfa.

“¿Qué piensas chiqui?”

“Que yo mañana en el recreo me voy a casar con Andrés, aunque hoy en la escuela le dije que si él no quería, le iba a decir a Nicolás. Y en mi boda de cuando sea grande, voy a ponerme un vestido como el de Cenicienta y voy a tener muchos bebés mamá”.

 

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¿Civi…qué?

En esta ciudad el civismo de los automovilistas deja mucho que desear. La gente no cede el paso, no usa las direccionales y se vuelan los topes, solo por mencionar algunas monerías.
El peatón es un ente invisible que tiene la mala costumbre de pararse en las banquetas y pretender que los conductores los dejen pasar… es más factible que Santa Claus entre por una chimenea, a que un transeúnte cruce la calle en esta capital.
Cabe mencionar que el vocabulario que intercambiamos entre conductores, no es el mismo que se maneja al ir con chamacos que sin ellos. Aunque por bienestar cardiaco deberíamos de mantener una filosofía pacífica sin importar quién se encuentre dentro del vehículo.

© Paulus Nugroho R - Fotolia.com
La semana pasada, aunque resulte increíble, el tráfico era una pesadilla, así que decidí dar una vuelta en U e intentar un camino alternativo al de costumbre. Puse la direccional y saqué la mano por la ventana (consciente de que las direccionales y Juan Camaney…) aleteé la mano y casi el brazo para que el taxista que estaba al lado mío me dejara pasar, pero no lo hizo. Enojada procedí a lo que comúnmente se conoce como “aventar lámina”. Al transitar en un gran estacionamiento, el señor que conducía el taxi se tomó su tiempo para bajar el vidrio y gritarme: “Sí te vi, pero no te quería dejar pasar”.
Desafortunadamente La Pulga escuchó al caballero y confundida me hizo que le explicara varias veces el incidente. Después de tratar de encontrar algún tipo de lógica en su cerebro, concluyó: “Lo que pasa mamá, es que seguramente a él no lo educaron de chiquito”.
“Sí mi amor, ahí está el problema”, contesté tranquila después de haberle refrescado a su madre en mi cabeza, al santo señor.

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La alberca

Para mí conocer gente y tener que interactuar con extraños es un suplicio. Me da dolor de panza y siento mucha ansiedad recorriendo todo mi cuerpo.
La pulga no salió a mí… y como era de esperarse en estas vacaciones me haría interactuar con un extenso grupo de personas y personajes, de los cuales narraré lo que vi, como lo vi. Espero crear un cuadro pintoresco y colorido pues eso fue lo que vivimos mis niños y yo.
Todo sucedió en la alberca, que en realidad era un chapoteadero, que en realidad era un cultivo de bichos, ahí es donde suceden las vacaciones de la gente con niños que deciden vacacionar en un lugar con alberca, las otras opciones, no son opciones y el desfile comienza…
Los papás del niño Easten de dos años, iban en familia, y él era el único bebé. El primer día todos los adultos (eran 10) observaron y festejaron cada movimiento del primogénito, pero ya para el tercer día estaban hasta el gorro de las mismas gracias, les urgía festejar con alcohol y platicar entre ellos. El niño se dedicó a comer chicles remojados en el agua de la alberca y a pasear por el chapoteadero tratando de pegarse a alguna familia que le festejara sus adorables chistozadas: “Mírenme, estoy nadando”, decía emocionado el amiguito. Simpático las primeras 5 veces, después, ya no tanto.

© Igor Yaruta - Fotolia.com
Los vecinos de lugar tenían dos hijos. La mamá se la pasó acostada en un camastro friéndose al sol, embarrada de aceite (literal y aunque usté no lo crea), conectada a su IPod, mientras el papá reposaba sentado en la sombra tomando cervezas, viendo pasar a las chicas más chicas que él en sus súper escotados bikinis, al tiempo que los dos críos se daban de golpes a la mitad de la alberca (no, no estoy exagerando, golpes, fuertes).
Enfrente de nosotros, nuestra familia favorita: una pareja de señores con sus dos hijos, uno con su esposa y su bebé de 10 meses, Brady. El otro con su pareja y dos niños adoptados uno latino y el otro tailandés, todos los caballeros con speedos, peculiar elección, si me preguntan. El bebé Brady se dedicó a cazar bichos muertos y a meterlos a su boca cuando su mamá no veía. Los hijos de la otra pareja se la pasaron corriendo en pañales para el agua y echándose bombas al agua, aterrizando en la cabeza del abuelo, quien se veía sacando paciencia de los pocos pelos negros que todavía tenía en el cuero cabelludo.
El papá de Constanza, venía con la mamá de Constanza quien se dedicó a tostarse y a leer muy a gusto desde la sombrilla, mientras el señor cuidaba a la niña en la alberca, traía una gran sonrisa en la boca, un buen peinado, cuerpo musculoso y mirada bailarina, tanteando a ver si además de bichos, se le pegaba algo más en la alberca.
Bach se la pasó recorriendo la piscina desde que llegábamos hasta que nos íbamos, para él aprender a nadar, fue el descubrimiento del tesoro, se convirtió en Aquaman y se creó un universo que no incluía a los mortales sin poderes, como su hermana y yo.
Ayer en el avión la pulga me dijo que regresando a México quería invitar a todos sus “nuevos mejores amigos” a la casa a comer… ¿se imaginan?
Eso ya no sería un cuadro pintoresco sino una película de terror.

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Propósitos de año nuevo

Hace dos días nació la sobrina de mi hermano, que no es mi sobrina porque es hija del hermano de mi cuñada. Los fui a visitar al hospital y me llené de ternura (y de compasión) con la cara de los recién estrenados padres.
Ella todavía se encontraba bajo los efectos de las drogas y de las amables enfermeras que están al toque de un timbre, y de todos los familiares y amigos que llegan con regalos y cumplidos para la bebé.
El papá resolviendo cosas del seguro, entrando y saliendo del cuarto, metiendo papeles, llenando papeles, regresando con más papeles, pero con una gran sonrisa en la boca: “¿Cómo ves a mi hija? No es lo más bonito que has visto?”
Cuando salgo del hospital pienso en todas las posibilidades que tiene la pequeña N. Nadie conoce nada de ella aun, ni su personalidad, carácter, humores, patrones de dormir, comer, llorar, en fin, es una página en blanco…
Nosotras, por otro lado (y por nosotras me refiero a todas las que contestamos las cuestiones antes planteadas con los ojos cerrados), hemos tenido tiempo para conocer a nuestros retoños y en muchas ocasiones perdernos en ellos o en sus vidas, ¿y nosotras dónde quedamos?
Con esto en mente, le pregunté a algunas amigas y conocidas cuáles eran sus propósitos de año nuevo, curiosamente el 90% contestó asuntos relacionados con los niños:

  • Yo quiero alivianarme más con mis hijos, siento que lo único que hago es llamarles la atención.
  • A mí me gustaría pasar más tiempo con ellos, es decir, estamos pegados todo el día pero no tengo tiempo de “estar”, ¿entiendes?
  • Yo quiero ir a las fiestas infantiles sin sentir que voy al matadero.
  • Quisiera ir al cine y dejar mi celular en la bolsa, sin sentir que si no lo tengo pegado a mí, algo catastrófico podría suceder.
  • Irme de viaje con mi esposo, aunque sea un par de días.
  • Tomarme un largo baño, ¡sin interrupciones! Qué digo un baño, entrar a hacer pipí sin interrupciones.
  • Cortarme el pelo.
  • Hacerme un masaje.
  • Ver el techo en silencio aunque sea 1 minuto al día.

El consenso general y lo que más escuché fue: “¡Quiero tiempo para mí!”

Así que les deseo un año con más horas de las que nos permite el calendario y pequeñas escapadas para consentirnos; ojalá nos diéramos cuenta que sin nosotras, aunque sea por un ratito, no les pasa nada a los chamacos.

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Anecdotario navideño y algo más…

Luciano de 8 años se sentó en el escritorio de su cuarto y muy seriamente se dispuso a escribirle a Santa Claus:
“Querido Santa,
Te pido que este año sí te lleves a mi hermana Carmela y me traigas un hermanito. El año pasado te confundiste y me trajiste una bicicleta”.
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Una familia judía llega a casa a prender las velas de Januká, emocionados los niños entran al departamento y ven que junto a las velas hay regalos: “Mira mamá, Santa Claus ya se convirtió y ahora es judío porque nos dejó regalos junto a las velas de Januká”.
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Sofía le preguntó a su mamá: “Mami yo veo Santas por todos lados, ya dime cuál es el verdadero”.
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Mi prima estudió educación especial y de lenguaje. Siempre ha estado en contacto con los niños y con las teorías sicológicas para que los infantes crezcan mejor. Con esto en mente ella y su marido decidieron explicarles a sus hijos que Santa no existe, ni el ratón de los dientes, ni el conejo de Pascua, ni los duendes, ni las hadas, etc. A los niños (uno tiene 7 y el otro 4) les tomó un rato asimilar la pérdida de la magia y enfrentarse a tan corta edad, al final de su inocencia pero al final lo aceptaron.
Un día mi primo llegó a recoger a su crío y la maestra le dijo: “Te voy a pedir que le digas a Pedro que les deje de decir a los niños que Santa no existe, hoy hizo que todo el salón entrara en pánico”.
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La hija de una amiga tiene 3 años y una noche muy preocupada le dijo a su papá: “Papi la gente que no tiene casa, ¿dónde pone su arbolito de navidad para que Santa les deje sus regalos?”
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Y para terminar esta entrada les dejo algo que es exclusivamente para mamás. Si no eres madre no entenderás ni ma…

¡Feliz Navidad!

 

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