Hábitos que me recomendaron para que mi hijo baje de peso

Mi hijo tiene 9 años y en su escuela continuamente lo molestan porque está gordito. Ya se imaginarán, le pusieron todo tipo de apodos. Lo molestan en las clases de Educación Física, en el recreo, le dicen todo el tiempo que baje de peso y un sin fin de cosas más.

Yo y su papá siempre le decíamos que no les prestara mayor atención, que a los niños solo les gusta molestar por todo, que porque si eres el que tiene mejores calificaciones, que porque si eres el más alto, que si porque usas lentes, de verdad, por todo. Sin embargo con el tiempo, más allá de lo que siempre hablábamos con él, nos dimos cuenta de que los que no le estábamos prestando atención al problema, éramos nosotros, sus padres.

Así que mi marido y yo nos dimos a la tarea de buscar ayuda profesional. Buscamos a una nutrióloga experta en reducir las tallas y sugerir menús balanceados para niños, porque claro, no es lo mismo acudir con un especialista para adultos, quien nos habría tratado de acondicionar una dieta de un adulto, a las cantidades que debería consumir un niño, pero sin pensar en la edad y en cuáles son los hábitos de un niño normal como mi hijo.

Lo que hablamos con la especialista nos dejó muy marcados la verdad, porque nos dimos cuenta de los errores que estábamos cometiendo como padres, pues básicamente entendimos que nuestro hijo tenía sobrepeso por nuestra culpa, pues quien se encargó de generarle hábitos y quienes lo alimentaron todo este tiempo, fuimos nosotros. Entonces básicamente si el problema habíamos sido nosotros, también seríamos la solución.

Entendimos que la clave y la solución a nuestros problemas, es la Educación. Es inculcar hábitos saludables, es promover una dieta balanceada a base de frutas, verduras, cereales y proteínas; es moderar o anular de nuestra dieta el consumo de grasas saturadas y azúcares refinados, que no aportan ningún nutriente a nuestros cuerpos como los dulces, la pastelería industrial, las bebidas azucaradas, es decir, toda la comida chatarra; y practicar algún deporte y no promover el sedentarismo.

Nos considerábamos buenos padres, pero ahora nos dimos cuenta de que no habíamos sido para nada buenos. Sin embargo, nunca es tarde para enmendar nuestros errores, sabemos que nadie nació sabiendo ser un buen padre, así que aceptamos que estamos aprendiendo a serlo también.

Ahora estamos tan comprometidos en esto, que incluso hemos decidido darle a nuestro hijo la educación que necesita a base del ejemplo. Nosotros somos los que tenemos que cambiar, queremos ser una familia saludable con pensamientos, hábitos y acciones sanas, así que con ayuda de la espe

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Mi primera noche como mamá

Cómo olvidar la primera noche en que tuve en casa a mi pequeña bebé, con tan sólo 2 días de haber nacido me parecía la cosita más pequeña y hermosa que había sobre la faz de la tierra, ya había superado el primer momento en que no sabía cómo darle el pecho, y con tantas visitas y la estancia en el hospital, había pasado muy poco tiempo con ella.

Por la noche, después de haber llegado de la clínica me sentía cansada y adolorida pero feliz, la había acostado después de darle leche materna y me preparaba para dormir por primera vez en meses… qué ingenua.

A eso de las 11 de la noche me despertó un ruido extraño, mi hija recién nacida no lloraba, gritaba. Me levanté temblorosa y la vi en su bambineto con la boca completamente abierta, gritando, reclamando algo que yo no entendía, así que la cargué y le acerqué el pecho para que comiera, mejor dicho, vaciara mi pecho succionando con tanta fuerza que me lastimaba (¿cómo una recién nacida tenía tanta fuerza?).

A las 12 de la noche, ya quedándome dormida me llegó un olor extraño, acompañado de un nuevo grito: era hora de cambiar mi primer pañal y la experiencia fue indescriptible. Nunca había cambiado un pañal y ahora tenía que cambiarlo a una bebé de 2.800 kilos, la cosita más pequeña que había visto. Me parecía tan frágil que creía que la iba a romper.

En ese momento, cuando mis manos estaban sucias por no saber cómo cambiarle el pañal, mi hija se prensó de sus cabellitos delgados y chiquitos y gritó como nunca había escuchado gritar a nadie y yo no sabía qué hacer: terminar de limpiarla, cambiarla y vestirla o aflojar su mano para que soltara su cabello.

Los gritos fueron tales que mi familia despertó, escuché que los vecinos de arriba se levantaron (en ese tiempo vivía en un departamento, con mis padres) y hasta mi hermano me preguntaba afuera del cuarto qué pasaba. Mi madre entró y me ayudó a aflojar la mano de la pequeña, que en ese momento me demostró lo necia y fuerte que iba a volverse cuando creciera, pues no podíamos aflojar su manita y lloraba cada vez más y más, pues se lastimaba la cabeza jalándose el cabello. La única forma que encontramos para que se soltara sola fue volver a darle el pecho y ella lo rodeó con sus manitas pequeñas y me miró a los ojos.

En ese momento, con todo el miedo, dolor y cansancio que me empezaban a irritar, mi corazón se ablandó y supe cuánto la amaba, después de eso el ritual de hacerla eructar y mi mamá arrullándola, quien por las primeras dos semanas fue la única capaz de hacerla dormir, me fui a descansar por dos horas antes de que la princesa volviera a gritar con todas sus fuerzas reclamando su leche.

Esa noche, la primera, me enseñó que la maternidad puede ser todo, menos aburrida y que no hay un refrán más falso que el que dice “tan fácil como quitarle un dulce a un bebé”.

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Saludar de beso NO debería ser una obligación para nuestros hijos

Ok, tampoco para los adultos debería ser una obligación social saludar de beso a otros adultos, o incluso a los hijos de nuestros familiares, amigos y conocidos. No creo ser la única persona que se siente súper incómoda que, al saludar a alguien con hijos, escucha la pequeña frase “da besito”; obligar a un pequeño ser humano a darle beso a una persona desconocida o a la que casi no ve, es algo que puede causarme gran molestia. Especialmente cuando sé que dejarán mi cara llena de paleta, en el mejor de los casos.

Esto del “saluda” y “da besito” me recuerda a los tiempos en que mi hija adolescente era una pequeña niña que llamaba la atención por ser la primera nieta y la primera sobrina. Ya que en ese tiempo vivíamos fuera de la ciudad, al verla, todos querían quitarla de mis brazos, cargarla y llenarla de besos, lo que parecía genial hasta que descubrí la horrible costumbre de sus abuelos: darle besos en la boca.

Sí, en la boca… y lo que me horrorizó aún más fue ver cuánta gente tenía la costumbre de saludar de la misma forma a mi pequeña, a quien no le gustaba mucho que la cargaran y la besaran. Era lógico, le causaba molestia y precisamente esta molestia surgió porque muchas veces le daban besos aunque ella decía claramente que no. A partir de entonces, contra la molestia de abuelos y tíos, decidí dejar de obligar a mi hija a saludar de beso a quien ella no quisiera y me negué a acercarla para que la besaran contra su voluntad.

Si bien a algunos familiares les molestó y les sigue molestando que ella no les salude de beso, ha sido una liberación para nosotras, ya que ella elige a quién saludar con un fuerte abrazo y un sonoro beso estampado en la mejilla, pero también ha sido una forma de mostrarle desde muy pequeña que nadie, absolutamente nadie debe obligarla a tener contacto físico con quien no quiera, ni porque se trate de un abuelo o de un tío cercano.

Y es que tenemos que pensarlo bien: obligamos a nuestros hijos a besar y abrazar a personas que ellos no conocen porque a las que conocen, confían y quieren, no necesitamos obligarlos. Nuestros pequeños suelen tener una mejor apreciación que nosotros al mundo que les rodea y sus habitantes, ellos perciben rápidamente en quién confiar, quién les agrada, y porqué.

Además, los niños son diferentes. Algunos te abrazan, se te suben a las piernas y te dan besos de la forma más inesperada aunque los conozcas poco, mientras que otros no se dejan cargar ni besar ni por su propia madre. Compararlos es algo que debemos evitar (“¿Ya viste cómo fulanito si me da beso y tú no?”) igual que tratar de darles celos para que nos abracen; el cariño, el amor, se ganan con el día a día y, muchos niños son reservados y poco afectuosos, pero esto no significa que no nos amen.

Mi pedazo de consejo para quienes me leen: no obliguen a sus hijos a dar beso, ni obliguen a otros niños a que les besen; preguntémosles cómo quieren saludar, si quieren darnos la mano, un abrazo o si podemos inventar un saludo súper cool chocando las manos y tronando los dedos. Respetemos su individualidad y creemos una relación afectuosa con ellos, sin la necesidad de hacerlos sentir incómodos.

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En mis tiempos abortar en Ciudad de México era…

Sí, aborté. Hola, tengo 32 años y toda mi vida he vivido en la Ciudad de México. Soy profesionista, estoy casada, amo a mi marido, tengo una hija preciosa y, ah…, también un gato.

Hoy compartiré una historia que pocas veces suelo contar, como para qué. La verdad es que es una historia sobre una decisión que tomé cuando era más joven y que me dejó marcada emocionalmente en algún momento de mi vida. Pero no se alarmen, no estoy arrepentida y no sufro ningún complejo por haberlo hecho… hoy sólo sé que es un recuerdo de lo madura que fui a pesar de haber tenido en ese entonces sólo 17 años.

Sólo para remontarlos a mi historia, cuando yo tenía 17 años, era pleno 2002, era una época en la que los temas sobre planificación familiar, sólo se trataban directamente en la enfermería de tu escuela, o a veces con el profesor de Ciencias de la Salud, o con la profesora de Biología. Ninguna de mis amigas, ni yo estábamos interesadas en hablar sobre el tema, o sea, ni por aquí nos pasaba.

Tres de las cuatro amigas que tenía en ese entonces, teníamos novio, siendo yo la única virgen. A mis hermosos 17 años, me vi presionada por tener mi primera vez. Quería saber qué se sentía tener sexo, o como yo le llamaba en ese entonces “hacer el amor con el amor de mi vida”. Basta decirles que mis clases de educación sexual con los libros y las explicaciones de mis profesores y de mis propias amigas, no me parecían suficientes, yo sólo quería hacerlo para luego decir que ya lo había hecho y que ya no era virgen.

Tuve mi primera vez, y sobre eso no hay mucho qué contar, salvo por el pequeño detalle de que quedé embarazada. Sí, yo embarazada de mi “primera vez”. Al principio me parecía todo irreal, de hecho una broma, pero no, ocurrió de verdad. Le conté a mi novio de ese entonces y él lo único que pudo decirme fue “haz lo que tú quieras, yo te apoyo”. Yo me acuerdo que sólo buscaba la respuesta “no te preocupes, todo va a estar bien” “hagamos esto, yo te acompaño”, pero no, me sentí sola, y todavía más sola porque en ese tiempo abortar era ilegal en el DF.

Aborté pensando que no lo iba a superar jamás, pero aborté siendo consciente de que yo no estaba lista ni física, ni emocionalmente para ser madre. Era joven, todo lo que sabía era que tal vez mi único error había sido haber tenido relaciones sexuales sin saber cómo poner un condón correctamente. Tenía miedo del rechazo, a las cargas sociales que sentiría, pero a mí misma también. Pero al final nada de eso me importo más que yo misma, así que sin importar mis preocupaciones, lo asumí todo, acepté mi decisión y lo hice.

Obviamente mi relación con ese novio mío terminó al poco tiempo después. Yo cambié mucho, pero para bien… aunque debo de reconocer que al principio me costó mucho trabajo salir de esa situación, les recuerdo que eran otros tiempos.

El día de hoy, sólo pienso en cómo han cambiado las cosas en tan sólo 15 años. Pienso cómo es que el aborto ahora es percibido como lo que siempre debió haber sido, un acto legal, seguro, voluntario e incluso gratuito para todas las mujeres.

De verdad que no estoy arrepentida de haber abortado. Hoy yo sólo celebro el avance y la aceptación social de algo que siempre debió haber sido nuestro derecho.

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“Si te pegan, pegas” o cómo incitar la violencia en los niños

Hace un par de días, en una junta escolar escuché la frase más horripilante en mi vida como mamá; una persona decía que, como a su hijo le pegaban las niñas, le aconsejaba que “agarrara” parejo y pegara a niños o a niñas sin hacer distinciones.

En una sociedad tan violenta como en la que vivimos actualmente, me parece alarmante que las mamás “modernas” sigamos utilizando frases anticuadas, que incitan a la violencia en vez de frenarla y con la que le damos carta abierta a nuestros hijos para que peguen porque, siendo sinceros, no conocemos a nuestros hijos en la escuela y muchos de nosotros aunque estemos conscientes de que son un desastre y pegan por cualquier cosa, los defendemos con uñas y dientes y no queremos que les pase absolutamente nada.

A muchos nos ha pasado que nuestros peques llegan de la escuela diciendo “fulanito me pegó”, pero debemos estar conscientes de que nuestros hijos no son santos (aunque obviamente hay niños que literalmente no rompen un plato) así que lo mejor es averiguar por qué surgió el problema en la escuela y cómo se ha solucionado.

Nos pasa que vamos a la escuela, hechas una furia y nos enteramos que nuestro hijo empezó el pleito, probablemente por una pequeñez como es típico en los primeros años escolares, pues cuando nuestros hijos crecen, tal vez ya no nos cuenten estos problemas y los resuelvan por sí mismos de la forma que mejor les parezca.

Y volvemos a lo mismo; si nosotros les enseñamos que los problemas se resuelven con violencia, ellos creerán que es la única forma para arreglar las cosas y con esto podemos pasar de un niño “un poco brusco” a un hombre que golpea a su esposa o una madre que les pega a sus hijos. Y no es exageración.

Pienso que la forma más justa de resolver problemas es siempre recurrir a una persona neutral: un maestro. Creo que solo en situaciones extremas hay que intervenir y llamar a los papás del otro niño o niña, pues uno siempre defenderá a su hijo y los ánimos pueden calentarse.

Aconsejemos a nuestros pequeños decirle al pegón que sus golpes no le gustan y le lastiman, avisar al maestro o maestra y, si es necesario, alejarse del pequeño. La violencia genera violencia y los golpes se devuelven hasta que uno acaba llorando y enojado.

Pero también, a los papás y mamás que me leen, los invito a ser más asertivos, a no pegarle a sus hijos y evitar solucionar los conflictos con gritos o con golpes. Los hijos son nuestro reflejo y a donde vayan demostrarán los valores que les hemos enseñado en casa; no digo que eduquemos personas sin carácter, que no sepan defenderse ni dar un buen golpe si es necesario, digo que les enseñemos alternativas para solucionar los problemas y les ayudemos a que lleguen a ser las mejores versiones de sí mismos.

 

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De Santa Claus y los Reyes Magos

Uno de los escenarios que nunca me imaginé durante el embarazo fue la de Santa Claus y los Reyes Magos, mágicas criaturas que ilusionan a los niños alrededor del mundo con regalos que, siendo honestos, les dejan de importar a los dos días.

Cuando era pequeña, 25 de diciembre y 6 de enero eran las fechas para presumir lo que te habían traído, que era directamente proporcional con lo bien que te habías portado… o debía serlo. La realidad era que los que tenían los mejores juguetes eran los más malcriados, evidentemente porque sus familias eran las que tenían mejores acuerdos con dichos seres casi mitológicos.

Si bien cuando crecí, la aversión hacia las fiestas decembrinas se hizo cada vez más intensa, pero nunca imaginé que esto llegaría hasta lo más profundo de mis entrañas y pasaría a mi pequeña bebé.

Bueno, la cosa fue que desde su primer año de vida, mi hija rechazó las figuras de ambas fiestas tradicionales, mostrando un miedo increíble hacia ellos. Para sus tres años de vida, pasar frente a un Santa Claus era casi imposible, había que cargarla y dejarla taparse los ojos para no verlos; los reyes por su parte le daban más terror aún: las abuelas y tíos se encargaron de contarle historias de que llegaban los reyes con sus elefantes y camellos, entraban a su casa y dejaban regalos.

Bueno, el resultado fue peor: miedos nocturnos, pesadillas, temor a que tres extraños entraran con elefantes que rompían el piso y destrozaban los muebles. La resolución fue decirle a la niña que dichos personajes eran una fantasía para sorprender a los niños y regalarles juguetes.

Si bien la verdad sirvió para tranquilizar a mi pequeña, la familia se sintió indignada y ofendida: ¡¡¡¡le estaba robando su inocencia y su infancia!!!!

Aunque ya se ha convertido en una adolescente, cada año tiene regalos en ambas fechas, pero sabe que debe respetar las creencias y fantasías de otros niños para no romperles el corazón con la verdad. Lo cierto es que no me arrepiento, ya que a lo largo de su infancia ha enfrentado otros escenarios que la han convertido en una niña agradecida y feliz; ¿inocente? Es la criatura más inocente, que aún fantasea con gatitos y pajaritos de colores, su infancia no ha sufrido ningún daño por no compartir las ilusiones de otros niños.

Esto me hace pensar que cada quien debe decidir sobre la forma para educar (y maleducar) a sus hijos, sin tener como base los estrictos convencionalismos sociales que muchas veces nos hacen más mal que bien.

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Querida mamá: Bienvenida a la adolescencia

La adolescencia: una etapa difícil para nuestros hijos, pero aún más difícil para los papás. Irónicamente, nos acostumbramos a levantarnos en la madrugada para alimentar a nuestros bebés lactantes, luego a controlar sus berrinches sin recurrir a ponerles masking tape en la boca, los llevamos a la escuela un día después de haber dormido tardísimo por forrar sus cuadernos o ayudarles con la tarea. Después de haber superado miedos, berrinches, años escolares y demás… ¿Por qué le tenemos miedo a la adolescencia?

Siendo una mamá soltera, relativamente joven, un día caí en la cuenta de que tenía una hija adolescente que utiliza mi ropa, se acaba mi maquillaje, que empieza a llorar por “nada” y que ha cambiado en sus facciones faciales y rasgos corporales para convertirse en la mujer más hermosa que mis ojos hayan visto jamás.

Sin embargo, la familia, el novio no parecen comprender ni empatizar con los cambios por los que ella atraviesa pues ha dejado de ser una niña juguetona, que se ensuciaba siempre al comer y que quería jugar todo el tiempo y se ha convertido en una adolescente alta, delgada, muy seria, que puede pasar horas viendo a sus youtubers favoritas o leyendo libros en PDF. “Dile que deje el celular”, “¿Ya se depiló las cejas?”, “¿Por qué se pintó las uñas?” son tantas las frases que escucho en tan pocas visitas a los familiares, que se quejan porque habla menos que antes, porque quiere pasar más tiempo platicando por Messenger con sus amigas, porque ya no quiere jugar con sus primos más pequeños.

Tal vez sea el hecho de aún sentirme joven y recordar mi propia adolescencia lo que me hace comprenderla, dejarla que se encierre en su cuarto y se encuentre a sí misma, pero no comprender las quejas de quien no quiere recordar su propio pasado cuando nadie los entendía. Nos guste o no, nuestros pequeñitos a quienes vimos crecer y disfrutamos por tantos años, también crecerán y tendrán que pasar por este periodo en el que forjarán su carácter y comenzarán a convertirse en los adultos del futuro.

Yo creo que tenemos más miedo a la adolescencia que a todas las etapas de la infancia porque recordamos cuán difícil es atravesar por cambios físicos y hormonales, los primeros amores, las primeras decepciones; pero también porque nos tocó vivir en un momento difícil donde las niñas se embarazan cuando aún podrían jugar con muñecas. Pero ante esto, a mi modo de ver, solo nos queda ser más comprensivos, pacientes y tolerantes que nunca pues, como toda etapa, pasará.

Mientras, yo seguiré disfrutando y sufriendo al mismo tiempo, pintándome las uñas de un color diferente cada una, escuchando a Vázquez Sounds y viendo crecer cada día a mi hermosísima adolescente.

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¿Se puede amar a un bebé adoptado como a uno propio?

Desde pequeña, mi prima quiso ser mamá, es mayor que yo y vivíamos en la misma casa así que por mucho tiempo la consideré como una segunda madre porque me peinaba, me vestía, me llevaba con sus amigos. Ella es mayor que yo por 15 años, así que de verdad parecía mi mamá, joven y bella, siempre fue mi modelo de belleza y elegancia.

Con los años, llegó a tener muchísimas decepciones en el amor, encontró al amor de su vida cuando ya cumplía 35 años y tuvieron un noviazgo de 3 años más hasta que decidieron casarse cuando casi cumplía 39… Es de esperarse que, al vivir en pareja, el deseo de tener hijos fuera mayor; ella quería un bebé más que nada en el mundo: una pequeña réplica de su esposo, pero por más que esperaban y “ensayaban”, el bebé nunca llegaba.

Las visitas al médico y los análisis no se hicieron esperar, hasta que llegó el diagnóstico: miomas uterinos. Además, la edad no era la más adecuada para ser mamá, pues sus probabilidades de un pequeño enfermo y de un embarazo de altísimo riesgo eran muchas. Por otro lado, su cuerpo demasiado delgado sufría de anemia y de una descalcificación propia de la edad, así que vio cómo su sueño se hacía pedazos frente a sus ojos.

Afortunadamente su mejor amiga le ayudó con los trámites para adoptar a un bebé, opción que ni mi prima ni su esposo querían, se preguntaban si podrían amar a un bebé adoptado tanto como a uno engendrado por ellos. Pero decidieron aceptar.

Un buen día sonó el teléfono de la casa, era de la agencia. Acababa de nacer un bebé, un 5 de enero, día muy importante para los niños mexicanos. Toda la familia corrió para conocerlo: era el ser humano más diminuto que mis ojos hayan visto, diminuto, arrugado, demasiado blanco, demasiado hermoso.

Me enamoré de mi sobrino, pero lo que mi prima sintió no puede describirse. Su rostro no se me olvida, con lágrimas corriendo por sus ojos sin que pudiera evitarlo, su alegría, su felicidad: la felicidad de una madre que acaba de conocer al bebé que tanto esperó, su bebé.

Los años han pasado, el sobrino ha crecido tanto como el amor de sus papás y de toda familia por él, todos lo queremos, es nuestro nene, sin importar que no haya crecido en el vientre de su mamá.

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“Quiero dormir contigo” Cómo conseguí que durmiera sola en su cama

En mis divagues por la web y en pláticas con amigas, he visto a muchas mamás que no saben cómo hacer para que sus hijos duerman en sus camas; como mamá con una hija de más de 10 años me han pedido mi opinión al respecto, aunque la mía difiere de muchas porque puse todo mi empeño en que mi hija durmiera en su cama desde pequeñita.

“Oye pero qué mala eres”, “Es que no quiero abandonar a mi bebé”, fueron muchas las frases que escuché mientras pasaba por la agonía de mandar a mi bebé a su cuna, pero lo hacía porque no lográbamos descansar cuando dormía en nuestra cama: pateaba, se giraba, incluso varias veces anduve con los labios morados gracias a sus golpes, lo que hacía pensar a mis familiares que mi ex esposo me golpeaba.

Así que empezamos por buscar la cuna y colchon para su cuarto, decidimos pintar en color morado con verde y una hermosa cenefa de winnie pooh para que se sintiera en un lugar bello y acogedor. Además le pusimos sus cortinas y tapetes de foamy para que gateara y caminara. Pero… no fue suficiente; para que se quedara en su cama tuve que armarme de paciencia, leerle cuentos antes de dormir, cantarle canciones de cuna (yo, metalera de hueso colorado), dormirla a la misma hora, apagarle la luz de su cuarto, en fin.

Tengo que reconocer que mis papás nos ayudaron mucho con los gastos, que fueron bastantes, ellos nos regalaron nuestros colchones restonic, la cuna y las cortinas las hizo mi madre, por lo que la habitación de mi hija quedó muy linda; hasta la fecha conserva sus cortinas y su cama, ya que le regalaron una cuna, que se desarma y convierte en cama individual.

También tengo que reconocer que, a pesar de todos mis esfuerzos, mi hija de más de 10 años, que ya alcanzó mi estatura, aún sigue pasándose a mi cama los fines de semana y cuando me encuentra descuidada; otras noches me invita a dormir a su cama con el argumento de que es más calientita y cómoda que la mía. Igual confieso que el hábito de llevarla a dormir, platicar con ella y contarle historias (ya no cuentos), hablar sobre lo que nos pasó en el día o sobre nuestros sueños, no ha acabado, sigue siendo algo constante, al igual que su horario y rutina para dormir.

¿Qué si me arrepiento por haberla pasado a su cama desde pequeña? No, ella y yo merecíamos y merecemos descansar y ser seres independientes, pero con un amor que nos une aunque ya no exista la ansiedad de separación de la primera infancia. Cuando tengo que viajar por cuestiones de trabajo, o ella viaja para quedarse con su papá (vivimos en ciudades diferentes), me doy cuenta de que motivarla a ser independiente ha sido la mejor decisión para las dos.

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Los animales de la calle, ¿pueden ser amigos de nuestros hijos?

Caminar con mi hija hacia prácticamente cualquier lugar puede ser una odisea, desde que abrimos la puerta nos encontramos a un perrito callejero que nos sigue a donde vayamos (casi todos los días), nos espera afuera de tiendas y centros comerciales y nos acompaña en el camino de ida y vuelta hacia el colegio. Pero ese no es el único perro callejero que se lleva la atención y el cariño de mi hija: en casa tenemos dos gatos, más todos los perros, gatos y pájaros que encontremos en el camino, todos los animalitos que hacen brillar sus ojotes de capulín.

Tal vez el lector se pregunte ¿Cuál es la odisea o el problema con esto? Bueno, el problema es que hemos notado el profundo odio que existe hacia los animales de la calle. Traer con nosotras al perrito nos ha ocasionado disgustos, ya que gente que se topa con él, le ha aventado patadas, golpes en su cabeza, el famoso “sáquese perro”, y en ocasiones lo hemos encontrado cojeando, sin saber exactamente  lo que le pasó. Aclaro que no hemos adoptado al perrito “callejero” porque no es del todo de la calle, sus dueños lo dejan vagar a su suerte, así que duerme siempre en la calle y come lo que le damos los vecinos.

Incluso los compañeros de escuela de mi hija le han pegado al perro, así como los hijos de las vecinas, a quienes he escuchado decirles que no lo toquen: “está sucio”, “te va a morder”, “tiene pulgas”, “guácala”, son solo algunas de sus frases que fomentan el odio hacia los animales que en un principio llamaban su atención. Pero este odio no es más que miedo disfrazado, miedo que también mi hija tuvo después de haber sido arrastrada por un perro que solo quería jugar; ahora ella acaricia y llama a cuanto perro vea, aunque esto ocasiona que el animal nos siga y ella solo se sienta satisfecha después de darle comida y agua. Resulta chistoso que, en ocasiones nos hayan seguido perros de apariencia fina, piel suave, que parezcan de raza y a estos nadie los moleste, por el contrario, los acaricien o los ignoren en el mejor de los casos.

Mi labor al contarles esto es pedirles, suplicarles a los papás que temen a los animales que no transmitan su miedo a los animales, especialmente a los que viven en la calle, que viven en un sufrimiento  constante; aceptarlos, aprender a quererlos y dejarlos que nos quieran tiene más beneficios, les comparto unos que leí recientemente:

  • La convivencia de los niños con mascotas favorece su desarrollo y su sistema inmunológico: estos resultados apoyan la llamada “hipótesis de la suciedad” la cual dice que demasiada higiene a edades tempranas debilita el sistema inmunológico.
  • Los niños suelen preferir los perros y los gatos aunque también suelen gustarles los conejos domésticos, los canarios y los peces de colores.
  • La compañía de los animales hace que los niños crezcan más tranquilos y seguros de sí mismos.
  • Los niños que poseen mascota sufren menos estrés, realizan más actividad física y se sienten más felices.

Demos una oportunidad a los amiguitos de la calle, adoptarlos, darles agua o comida de vez en cuando llenará de satisfacción a nuestros hijos y los ayudará a tener mejores relaciones con los animales y con ellos mismos.

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