Santas madres

¡Los hombres y las mujeres somos iguales! Afirmamos decididas.
Si ustedes trabajan, nosotras también lo queremos hacer, deseamos desarrollarnos y tener logros profesionales, pero también queremos bebés, y casas ordenadas y comidas sanas y saber lo que pasa con los maestros de los niños y no perdernos sus partidos de soccer, ni sus recitales… La receta dice: tome lo anterior con un Prozac, tafil o lo que tenga a la mano y una copita de vino, de otra manera no funciona.
Y como si no fuera suficiente el chiste maestro, cada treinta días o menos tenemos que sufrir la mentada regla. Pero eso, ¿a quién le importa? Los niños joden despiadadamente, hasta parecería que lo hacen con más ahínco esos días. Y la gente cercana, en particular del sexo contrario, hace comentarios muy apropiados y sensibles: “Pero, ¿qué tienes? Por que estás así? ¡Ah, claro! Estás en ‘tus días’”. ¿Cuándo entenderán los hombres que las únicas que podemos pensar o decir eso somos nosotras?
En esas circunstancias precarias me encontraba el domingo pasado. Con un dolor de panza terrible, un humor negro y esta horda de ideas feministas rondándome la mente, pero ¿quién nos dijo que esa fórmula de súper-mujeres funcionaba?
Los fines de semana, mis chamacos se despiertan entre 7 y 7:30, pero este domingo la alarma sonó despavorida a las 6:05.
“¡Mamáááááááá! Bach me está molestando”.
“Whatttttttttt???????????”
Y la pantera se engendró con todo y las sábanas marcadas en el cachete.
De las 6 de la mañana a las 11, escuché “Mamá” 794 veces. Yo creo, sin temor a equivocarme, que es la palabra más pronunciada en el mundo.
Me acuerdo que antes de ser madre, cuando me encontraba a algún niñito llamado a su progenitora, me derretía de ternura. Escuchaba violines y en mi mente imaginaba a mi hijo/a corriendo por una pradera para llegar a mis brazos abiertos y fundirnos juntos: “Mamá” se debe de sentir increíble que te llamen así, y la realidad es que hoy, después de 6 años de escucharlo resulta gratificante casi siempre, salvo cuando estoy en el baño, dormida, hablando por teléfono, lidiando con el señor del gas o tratando de no estamparme mientras manejo, entre otras situaciones. Pero resulta que el paquete es completo.
“Mamáaaaaa, La Pulga me está quitando mis juguetes…” grita Bach.
Siento una punzada en el centro del pecho
“Bach, estoy en el baño, espérate”, le contesto entre dientes apretados.
“No mamá, esto es más importante”, me dice en tono de reclamo.
La sangre se me sube a la cabeza
“Mamá, no es cierto, él empezó, pintó a mi muñeca” llora quejándose la Pulga.
La sangre empieza a calentarse
“Eres una mentirosa”, le dice Bach lanzándose a los golpes.
La sangre ya está hirviendo en mis sienes
“¡¡¡¡YA!!!!!! ¡¡¡¡¡BASTA!!!!! No los quiero escuchar más, sálganse del baño y respétenme”.
“Pero es que mamá…” reclaman con lloriqueos.
“Nada”, dije moviendo las manos en el aire en señal de silencio. “Nada. Los dos se salen de acá y si no lo resuelven, les voy a poner consecuencias que no les van a gustar”. Y cerré la puerta detrás de ellos, azotándola.
A los pocos minutos, los escuché susurrar:
“Qué gruñona es mamá, ¿no Bach?”
“Sí, regaña mucho, vente Pulga vamos a jugar y ya no vamos a convivir con mamá por que se porta muy mal”.
¡Ahora resulta! Hijos de su … madre.

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2 Responses to Santas madres

  1. Citlali Rey says:

    Buen día,
    Me encanta cómo se refleja la maternidad en este blog, no se presenta como una imagen de perfección idealizada sino como lo que vive en el día a día una mujer normal, no puedo esperar al siguiente post!!

    • Jessica T. Raijman says:

      Me dio muchísimo gusto leer tu comentario, y si tienes historias, pues bienvenidas sean…
      un abrazo de madre a madre 🙂

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