Mocosos

En el invierno me convierto en detective. Estoy rastreando mocos: el color, la forma, si son elásticos, acuosos, recurrentes, si provocan gangosidades al hablar, si están pegados como rocas en sus narinas o fluyen suavemente en el kleenex. También sigo muy de cerca a la tos, si es seca, con flemas. Si es de perro, de foca, de oso, en fin es una tarea ardua y nada placentera.
El dilema es, en mi caso, cuándo mantenerlos “en casita” y cuándo llevarlos a la escuela.
Si hay calentura, es claro que no los mando, y hasta que no cumplen 24 horas sin ella, no los dejo ni asomar las narices.
Pero aun cuando no hay fiebre, si los mocos se van metamorfoseando de un color claro a uno verde fosforescente y la densidad se va haciendo más gruesa, entonces, es momento de echar mano de las películas, los juegos de mesa y cuanta cosa exista en la casa para mantenerlos resguardados.
Hace dos semanas la Pulga presentó el cuadro completo y la dejé en casa unos días para que se recuperara. Los primeros fueron fáciles pues se sentía mal, pero después el encierro se nos empezó a subir a la cabeza a las dos. Yo tenía que trabajar (lo hago desde la casa, lo cual en estos casos resulta terrible) y ella arañaba las paredes (con todo y lo hogareña que es).
Después de varias jornadas y consultas telefónicas con su pediatra, el bicho no cedía, así que la tuve que llevar a revisión. El consultorio era un cultivo de porquería, los niños (fácil habían 10) tosían expulsando cachos de pulmones, moqueaban ya sin darse cuenta y traían tremendas ojeras y el pelo enmarañado. Estaban ocupando todos los rincones de la sala de espera, cuando entré pude ver a las bacterias arrastrándose hacia nosotras.
“Hola Clau, ya veo que está lleno el doctor…”, le dije tratando de ocultar el terror en mis ojos.
Después de dos horas y media (con reloj en mano, esto no es una exageración) pasamos. Le dio sus medicinas y me dijo que tenía que guardarla varios días más y que me mantuviera en comunicación con él.
Por fin llegó el día en el que las dos resumiríamos nuestras vidas fuera de estas paredes… llegué feliz a despertarla para notar unas pequeñas ronchitas en la panza y en los brazos… grité en mi interior e hice un berrinche de niña de cuatro años. Cuando logré ganar la compostura de nuevo, me la llevé otra vez al doctor, solo que en esta ocasión la sala de espera se veía aún peor.
La secretaria me pidió que me llevara a la niña a la casa si no quería arriesgarla a una recaída. Le mandaron medicina y los puntitos desaparecieron, pero decidí guardarla un par de días más, solo para estar segura de que el virus no regresara.
Finalmente, después de dos semanas y media, (y estamos a dos de salir de vacaciones) la niña hizo presencia en la escuela de nuevo.
Me despido de ella, le doy un beso y me voy sintiendo el silencio reinar en mi cabeza de nuevo.
Me encuentro a una mamá que viene a dejar a su hijo y los saludo feliz, solo para percatarme de que el niño trae los mocos hasta el pecho, verdes, verdes, y una tos de perro.
“Órale con la tos, y los mocos, pobre está enfermísimo”, le digo a la mamá visiblemente molesta porque este niño comparte mesa con la Pulga.
“Ay sí, ¿sabes qué? Lleva muchos días así y ni modo que yo no haga nada y me quede encerrada con él en la casa, total por eso les dicen ‘mocosos’, ¿o no?”

This entry was posted in Uncategorized. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*