Las mamás no pueden ser ateas

El pasado lunes, estaba cenando con una amiga de lo más a gusto, cuando el teléfono sonó, era el Chai:

-No te preocupes, todo está bien… pero…

(No existen palabras más aterradoras que ésas…pasaron segundos larguísimos: “Todo está bien” automáticamente me pongo a rezar y a prometerle a dios que voy a hacer todo lo que no he hecho en años, si me ayuda a que mis hijos estén bien…)

-Bach se cayó de la cama y se pegó en la boca, se le aflojaron los dos dientes de enfrente y tiene el labio lastimado, me voy a adelantar al dentista te veo ahí

(El camino es eterno, hay demasiados topes y semáforos y gente manejando como si no supieran que mi niño se acaba de hacer daño…)

Me reciben sus ojos rojos y su semblante inocente y vulnerable. Siento una punzada en el centro de mi cuerpo. Lo abrazo y lo beso, él me deja, lo cual me preocupa un poco…

Mientras el doctor lo revisa, Bach gira la cabeza en varias ocasiones para asegurarse de que su papá y yo, no nos hayamos ido a ningún lado.
Después de radiografías, lamparitas, espejitos, gasas y ruidos taladrosos, nos dice el dentista que Bach corrió con una suerte impresionante. Yo empiezo a pensar en todas las promesas que le hice a dios, y las pienso con más fuerza.
Las raíces, nos explica el doctor, ya no existen y los dientes permanentes ya están formados, raro porque Bach todavía está chico. De no haber sido así, las complicaciones habrían sido terribles, operaciones, endodoncias, etc. Chai le pregunta si ha visto muchos casos graves…
-¡Uy sí…! contesta el dentista

Y yo sigo con mis rezos, claro que a mi manera, porque no tengo idea de cómo se hacerlo correctamente. Mi mente me lanza imágenes aterradoras de todo lo que “pudo haber pasado” y yo le regreso el “gracias a dios” con cada buena nueva que nos da el doctor. © Zina Seletskaya - Fotolia.com

Antes de que Bach naciera tenía una riña constante con dios, o con la idea de su existencia. Me revelaba, luego hacía las paces, luego lo cuestionaba, luego me enojaba con él… hasta que… a mi bebé de 4 meses se le ocurrió ahogarse en mi casa de Santa Fe. Yo estaba sola y sin nadie alrededor que me pudiera socorrer, así que tuve que manejar de Santa Fe a Polanco, en hora pico, con el niño atrás en su sillita, morado y sin respirar, en esos eternos momentos, me convertí.
Decidí que nunca iba a poder saber a ciencia cierta si dios existía o lo habíamos inventado los humanos. Pero me quedó claro que si quería sobrevivir en esto de la maternidad tenía que buscar aliados. Y dios sería el primero.

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