¿Castigar o no castigar? Por qué, cuándo y cómo

 Escrito por Bianca Manrique López Psicoanalista

A pesar del título que lleva este artículo, más que castigo, a mí me gusta hablar de consecuencias negativas, porque hablar de castigo usualmente nos lleva a pensar en golpes, gritos, prohibiciones terribles, en fin, en una serie de cosas que seguramente dejarán en nuestros hijos cicatrices emocionales de por vida. Por el contrario, cuando hablamos de consecuencias, simplemente nos referimos al resultado de una acción. Sin embargo, cuando uso el término castigo, no me estoy refiriendo en absoluto a lo que mencioné en primer lugar.

Probablemente a muchos de nosotros nos gustaría educar a nuestros hijos evitando las técnicas negativas y empleando únicamente técnicas positivas, pero eso es prácticamente imposible, ya que sería crear un ambiente completamente artificial, ya que en la vida diaria, existen tanto consecuencias positivas, como consecuencias negativas, creadas por nosotros o por otras personas o incluso las hay que surgen naturalmente. Por ejemplo, si yo me como un pastel entero, seguramente me enfermaré del estómago, esa es una consecuencia negativa, que me enseñará a comer menos la siguiente ocasión. Así, para modificar la conducta, enseñarles a tolerar la frustración y crear límites, son necesarias las consecuencias tanto positivas como negativas.

No por hablar de castigo significa que estamos haciendo de lado el diálogo u otras técnicas que también ayudan a disminuir conductas que no deseamos, no se excluyen, no tenemos que decidirnos por uno u otro, simplemente son complementarios. Es más, el castigo por sí sólo no es efectivo, sólo cuando se acompaña de aspectos positivos de la disciplina. Con un castigo o consecuencia negativa, les enseñamos a los niños lo que no deben hacer, pero es importante también enseñarles lo que sí deben hacer y eso se consigue mediante reforzamientos positivos, ¿qué es esto?, es cuando las conductas adecuadas, reciben una consecuencia positiva y por lo tanto aumentamos las probabilidades de que esas conductas se repitan en el futuro; dichas consecuencias pueden ser desde una felicitación o halago, hasta obtener algún privilegio o algo que disfruten mucho.

Cuando decidimos que el castigo será una de las técnicas de las que nos valdremos es muy importante que nos hagamos dos preguntas: La primera es ¿Qué conductas castigamos? y la segunda es: ¿Está suficientemente maduro para tolerar y comprender el límite? Con la respuesta a estas dos preguntas podremos saber si una consecuencia negativa es apropiada para la ocasión. Al elegir los comportamientos que van seguidos de un castigo es útil clasificar dichos comportamientos en deseables, no deseables pero soportables e insoportables. Como queremos que los primeros se repitan, éstos deben ir seguidos de una consecuencia positiva; los no deseables pero soportables es mejor ignorarlos y tienden a extinguirse solos, mientras que a los insoportables debe seguirles una consecuencia negativa. Como suele decirse, hay que elegir las batallas, ya que no es posible estar castigando cada pequeña conducta que no nos agrade, porque además de que el castigo deja de funcionar, tiende a desgastar la relación.

En cuanto a la segunda pregunta, es importante tener en cuenta que la comprensión de causa y efecto comienza a desarrollarse en la niñez temprana, que abarca de los 3 a los 6 años, lo que significa que es a esa edad a la que los niños pueden comprender por qué su conducta es seguida de una consecuencia negativa. Es también muy importante tener en cuenta el nivel de desarrollo para ajustar a éste el nivel de exigencia. Si por ejemplo esperamos que nuestro hijo de un año y medio se quede sentado dos horas mientras comemos, estamos imponiendo un límite que aún no está maduro para tolerar y por lo tanto, por muchas consecuencias negativas que traiga el romperlo, difícilmente lo aprenderá.

Antes, durante y después de aplicar una consecuencia negativa, es importante que tengas en cuenta lo siguiente:

  • Asegúrate de que comprende cuáles son los comportamientos no deseados y que estos serán seguidos de una consecuencia. Igualmente, antes de aplicarlo, adviértele, que sepa las consecuencias. Trata de evitar los avisos interminables que nunca llegan a concretarse, como: “A la siguiente vez vas a ver” o “La próxima vez que hagas eso, te quito el juguete”. Las amenazas incumplidas le quitan efectividad al castigo.
  • Que sea en el  momento oportuno, que es inmediatamente después de cometer la falta. Ésta es la única manera en que los niños pueden hacer la relación directa entre el comportamiento inadecuado y el castigo.
  • La violencia, ya sea física o verbal es vivida como un modelo de conducta agresiva y es lo que emplearán los niños como recurso cuando se enfrenten a una situación conflictiva. Si bien suele ser efectivo en el corto plazo, genera mucho resentimiento.
  • Elige un castigo que de verdad reduzca las probabilidades de que esa conducta vuelva a presentarse. Si está portándose mal en la mesa y como castigo le pedimos que se retire de la mesa, pero lo que quería era justamente pararse para poder irse a jugar, entonces ese castigo no será eficaz para lograr que deje de portarse mal en la mesa. Así mismo, es importante también que en la medida de lo posible, la consecuencia vaya de acuerdo a la acción cometida, como por ejemplo perder tiempo de ver televisión si no cumple con los horarios destinados para ésta o retirarle un juguete cuando está pegando con él.
  • Debes de ser consistente, que tus hijos sepan que las consecuencias no dependen del estado de ánimo de los papás, sino de la conducta. Lo anterior ayuda a que ellos puedan predecir y anticipar qué va a suceder si hacen tal o cual cosa.
  • Nunca olvides que lo que se reprueba es la conducta, no la persona, porque ello puede incidir en su autoestima. Es por esa misma razón que se recomienda no usar como castigo el retirar el afecto, el humillar o el comparar.
  • Úsalo con moderación, porque cuando un castigo se repite con demasiada frecuencia, deja de ser efectivo.

Lo ideal es que el castigo sea empleado como último recurso, si encuentras que hay otras técnicas que son útiles para moldear la conducta de tus hijos, prefiérelas sobre las consecuencias negativas. Aún así, cuando te decidas por el castigo, asegúrate de hacerles saber a tus hijos que a pesar de éste, tu amor hacia ellos no cambia.

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